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  • Elpidio Pezzella

Reza en cualquier momento

Ore en todo momento, por el Espíritu, con toda oración y súplica; estad atentos a este efecto con toda perseverancia.

Efesios 6:18

Estamos al final, para la mayoría, del período vacacional y ya nos hemos proyectado en la reanudación de innumerables actividades, laborales, familiares y eclesiales. Los días de las vacaciones estuvieron llenos de planes y buenas intenciones, pero me temo que no se materializaron del todo. A pesar del compromiso, parece que nunca encuentras tiempo para dedicarnos a nosotros y a lo que más nos importa. Todo el año estamos diciendo que no tenemos tiempo para dedicarlo a la oración, relegados a ser la Cenicienta de nuestras ocupaciones e inquietudes. Personalmente, me esforcé por ganar tiempo, con el apoyo de otros sirvientes también, administrando el tiempo y dejando que mi alma respirara. Mientras nos escondamos detrás de varias excusas, declaramos que no somos hombres de oración y que no sabemos orar. Creo que si reconocemos este límite, entonces deberíamos expresar todo el deseo de aprender a orar, sin ninguna vergüenza, como lo hicieron los discípulos.


En un lugar no especificado, mientras el Maestro ora, observan y tal vez se unen en silencio. Se sienten atraídos, porque un hombre que reza, y reza de verdad, posee y transmite algo que no es de este mundo. He leído que “quien sabe orar participa del valor mismo de Dios, tiene un valor que sobrepasa todos los límites. Mientras que los que no saben orar tienen muy poco valor”. Aquí, entonces, uno de los discípulos encuentra valor con valentía y pide: "Señor, enséñanos a orar" (Lucas 11:1). Cuando te acercas al Maestro para preguntarle algo, has captado algo extremadamente importante, has hecho tuya Su enseñanza. No esperamos a tener necesidad de descubrir el poder de la oración. Quizás hoy esa solicitud pueda ser tuya. El discípulo, que permaneció en el anonimato, no pide conocer un método para rezar mejor, para obtener más respuestas, como podríamos pensar. ¿Qué pedimos con "Señor, enséñanos a orar"? ¿Quizás estamos reconociendo que tenemos que empezar de cero, porque hasta ahora nuestras oraciones no eran tales?


En este sentido, expresamos amargamente un sentimiento de incapacidad e impotencia, pobreza y soledad. Precisamente por eso necesitamos esa oración que es un encuentro con Dios, donde nuestra vida superficial y vacía descubre el sabor de la existencia. Ya no es un intento estéril, sino la certeza de la escucha y el diálogo con el Padre celestial. Por tanto, la oración cristiana entra en el diálogo de Jesús con el Padre. Orar es desear, escuchar, creer y sentir el Espíritu del Hijo, el Espíritu que intercede con nosotros con suspiros inefables, como escribe Pablo (Romanos 8:26), ayudando a todas nuestras debilidades. Aprendemos a orar, rezando a Jesús para que nos enseñe, porque la oración nunca será un logro, sino solo un don divino. El tiempo que podremos dedicarle no será en vano, porque como decía Agustín de Hipona "quien ha aprendido a rezar ha aprendido a vivir". Quien haya hecho suyas las indicaciones de Pablo a los Efesios, puede asegurarnos que, aprendiendo a orar, nos encontramos capacitados para vivir en la voluntad del Padre, para resistir las tentaciones del que "anda como león rugiente buscando a alguien devorar" (1 Pedro 5:8), superar todo obstáculo que nos parezca insuperable, afrontar y vencer a todo gigante que se interponga en nuestro camino, a pesar de nuestras limitadas capacidades. Y luego, no hay lugar más alto para pararse que los pies del Señor.



Plan de lectura semanal

de la Biblia n. 36

30 de agosto Salmos 129-131; 1 Corintios 11:1-16

31 de agosto Salmos 132-134; 1 Corintios 11:17-34

01 de septiembre Salmos 135-136; 1 Corintios 12

2 de septiembre Salmos 137-139; 1 Corintios 13

03 de septiembre Salmos 140-142; 1 Corintios 14:1-20

04 de septiembre Salmos 143-145; 1 Corintios 14:21-40

05 de septiembre Salmos 146-147; 1 Corintios 15:1-28

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