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  • Elpidio Pezzella

Prefiero perder un hijo mientras viva

Entonces la mujer cuyo era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad á ésta el niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni á mí ni á ti; partidlo.

1 Reyes 3:26

Nos escandalizamos cada vez que un padre mata a un hijo, y cuando lo hace la madre, nos escandalizamos aún más; no podemos entender cómo quien generó esa vida pueda levantar el brazo para acabar con ella, tal y como le ocurrió en días pasados ​​a la pequeña Elena en la provincia de Catania. Supe que más de 480 niños han muerto a manos de sus padres en veinte años en Italia (2 por mes): seis de cada diez a manos de la madre (fuente Ansa). Nos quedamos asombrados... en busca de explicaciones plausibles, que nada pueden hacer para devolver a la vida a quienes tenían todo el derecho de crecer y jugar. Este último episodio, que tanto ha hecho hablar de posesión, me trajo a la mente el increíble texto de esta meditación, una mujer capaz de mentir hasta el punto de arriesgar la vida de una criatura a costa de seguir siendo madre o peor, de no hacerlo, quedarse en el otro tampoco. Vamos a repasarlo rápidamente.


Dos mujeres vivían bajo el mismo techo y compartían la alegría de haber dado a luz recientemente a un niño. Lamentablemente, durante la noche uno de los bebés murió asfixiado por el peso de la madre, quien al notarlo lo intercambió con el hijo del otro. Cuando ella vio el intercambio, comenzaron a pelear, compitiendo por el niño vivo. Cada uno de ellos afirmó que el niño era suyo. Así recurrieron al sabio rey Salomón, quien, tras escuchar las partes, tuvo una idea: cortar al bebé en dos partes iguales, una para cada una de ellas. El primero estuvo inmediatamente de acuerdo y con un tono helado asintió. Si no puedo tenerlo, entonces nada para nadie. Un poco como los padres que se separan y deciden privar al otro de ese hijo. La segunda mujer, sin embargo, rogó que no le hicieran ningún daño al niño y que se lo entregaran a la otra mujer. El verdadero amor es capaz de privarse de un niño para protegerlo y darle un mañana. En este episodio vemos como la envidia, el egoísmo y el instinto de posesión no prestan atención a salvaguardar la vida de un inocente.


En el otro lado de la escena, tenemos a Salomón, llamado a su primer ejercicio de sabiduría con dos desdichados, víctimas de su propia condición, pues probablemente eran esclavos (así eran entonces las prostitutas). Dos jóvenes, como la madre de la pequeña Elena, que se encuentran afrontando la peor crisis materna: la muerte de un hijo. Tal vez son tan jóvenes que a su vez necesitan una madre. Su desesperación es una especie de duelo entre la vida y la muerte. Esta lucha debe suscitar compasión y misericordia en nosotros para limitar el daño del niño en disputa. Hoy tenemos servicios sociales, juzgados y, a pesar de ello, cada día se repiten palabras y lágrimas porque no se ha hecho lo suficiente o no se ha actuado a tiempo. Salomón es el árbitro de la disputa, y la sabiduría que había pedido a Dios se manifiesta con una solución paradójica pero que cumple el propósito de revelar la verdad. Salomón había formulado quizás la oración más hermosa jamás dirigida a Dios: “Concede a tu siervo un corazón inteligente” (3:8), y ahora puede oír el latido del corazón del niño en disputa y salvarle la vida, porque inteligente es saber escuchar. !


La historia inicialmente dramática ofrece un destello de asombro, la elección del rey es la más sabia porque es la de toda la vida. También sería elogiada la mujer que es capaz de anteponer la vida del niño a su felicidad, a su necesidad de posesión. Cuántas vidas maravillosas se podrían salvar si todos fuéramos capaces de amarnos tanto como lo hacemos. Quizás muchos dramas se originan en padres que son demasiado jóvenes y no están preparados para el papel más difícil que existe, peor aún cuando se les deja solos. Como comunidad debemos resistir los intentos de demoler a la familia, colocar levas de formación y acompañamiento a todas las parejas que deciden dar a luz una nueva vida, para que aun cuando las relaciones se rompan preserven a cada pequeño por nacer cuya muerte, tal como se define por un erudito, es siempre una noche oscura de la Biblia, de Dios y del hombre. Pero hay una noche peor, y es la que envuelve tantos corazones y que no podemos ignorar. Detrás de este instinto posesivo, deberíamos pensar en una posible "posesión". ¿Por qué estoy diciendo esto? Porque Martina, la madre de Elena, declaró: “Tenía una fuerza que no era la mía, era como si alguien se hubiera apoderado de mí”. En una sala de audiencias es comprensible que uno se burle y piense que esto es solo un intento de limitar las responsabilidades de uno. Pero un creyente sabe bien que los demonios existen, y donde encuentran odio, rencor, rencor, tienen un hotel fácil. Sin embargo, siempre somos nosotros quienes le abrimos la puerta.


Cómo olvidar la advertencia a Caín, sobre el mal que lo acechaba... (Génesis 4:7). Ojo con convencernos de nuestras posiciones de justicia, capaces de mistificar la realidad, como hizo la falsa madre con Salomón. Por último, no caigamos en la tentación de responder al mal con el mal, ojo por ojo y diente por diente, porque el cristianismo es otra cosa y el apóstol Pablo lo sabía bien al exhortar: "No os dejéis vence el mal, pero vence el mal con el bien” (Romanos 12:17). En estos tristes hechos deberíamos leer algo más, a saber, que los niños son de todos y de nadie, en el sentido de que su vida vale infinitamente más que las peleas de los adultos.



 

Plan de lectura semanal

de la Biblia n. 26

20 junio Ester 1-2; Hechos 5:1-21

21 junio Ester 3-5; Hechos 5:22-42

22 junio Ester 6-8; Hechos 6

23 junio Ester 9-10; Hechos 7:1-21

24 junio Job 1-2; Hechos 7:22-43

25 junio Job 3-4; Hechos 7:44-60

26 junio Job 5-7; Hechos 8:1-25


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