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  • Elpidio Pezzella

De la tierra al cielo

Cantad á Jehová con alabanza, Cantad con arpa á nuestro Dios. El es el que cubre los cielos de nubes, El que prepara la lluvia para la tierra, El que hace á los montes producir hierba.

Salmos 147:7-8

De la tierra al cielo para volver a la tierra. Esta es la síntesis del ciclo del agua que he elegido para hablaros de lo que podríamos definir como "el ciclo de la oración". Una hambruna moral y espiritual se amplía gradualmente, restringiendo los espacios de espiritualidad y fe genuina. Como resultado, los corazones se secan lentamente y se vuelven cada vez más áridos, sin la voluntad de vivir y el poder de generar vida. Como creyente, no puedo evitar levantar los ojos al cielo y refugiarme en la oración, confiado en las palabras del profeta: “Y daré á ellas, y á los alrededores de mi collado, bendición; y haré descender la lluvia en su tiempo, lluvias de bendición serán” (Ezequiel 34:26). Cuando comienza a llover, corremos a refugiarnos, temiendo también más y más daños debido al clima mundial distorsionado. Sin embargo, la lluvia juega un papel muy importante en el ciclo de vida al regar la tierra, para producir frutos y alimentar los manantiales, que nos dan de beber.


En la naturaleza, el sol calienta el agua de los mares y ríos y la transforma en vapor. Una vez en el cielo, el vapor de agua se enfría y sufre una nueva transformación que conduce a la formación de nubes. Las gotas de agua, agregándose, forman densas nubes y comienzan a caer al suelo en forma de agua o nieve. Cuando regresa a la tierra, el agua se deposita en ríos, lagos, mares y océanos, pero moja la tierra. El escritor escribió a los Hebreos: "Porque la tierra que embebe el agua que muchas veces vino sobre ella, y produce hierba provechosa á aquellos de los cuales es labrada, recibe bendición de Dios" (6:7). Así como el agua se evapora de la tierra al cielo bajo el calor de los rayos del sol, así nuestra oración fluye de nuestro ser bajo el calor de la presencia de Dios y la luz de Su Palabra. En su manifestación no podemos evitar alabarlo, exaltarlo y glorificarlo. Al mismo tiempo, la mirada se vuelve hacia arriba y el corazón necesitado levanta súplicas e intercesiones para recibir la intervención divina. Bajo el impulso del Espíritu, las oraciones llegan al Cielo, donde se reúnen (Apocalipsis 5:8). El vapor se transforma en agua por condensación, es decir, a cierta altura se enfría y vuelve al estado líquido formando nubes. Así, el riesgo de lluvia puede equipararse con la proximidad de la respuesta divina, que llega justo cuando el agua del cielo vuelve a la tierra. Tarde o temprano las nubes, cuyo peso ha aumentado considerablemente, dejarán caer las gotas de agua en forma de lluvia, granizo o nieve.


Si es tarde, espera. En el momento apropiado, la respuesta vendrá, así como las nubes se levantaron sobre la tierra trayendo, en el tiempo de Elías, lluvia (1 Reyes 18:44-45) que revitaliza la tierra y ahuyenta el hambre. La llegada de la lluvia es como un resurgimiento de la vida, un regalo del cielo. La sequía había producido una hambruna en el país, que se había apoderado del pueblo de Israel en el espectro de la muerte. Solo la oración y la fidelidad de Elías abrieron el cielo. Es por eso que a menudo hablamos de lluvias de bendiciones. Cuando el agua regresa a la tierra, no solo llena las cuencas naturales, sino que se absorbe a grandes profundidades, dependiendo de la permeabilidad del suelo o la roca. Así, la intervención divina desciende a nuestras partes más íntimas y ocultas, trayendo alivio, curación y liberación. "Abrirte ha Jehová su buen depósito, el cielo, para dar lluvia á tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos. Y prestarás á muchas gentes, y tú no tomarás emprestado" (Deuteronomio 28:12). Probablemente no serán verdaderas gotas de agua, sino palabras como estas que estás leyendo para regar tu corazón, porque "como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá á mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié" (Isaías 55:10-11).



Plan de lectura semanal

de la Biblia n. 40

27 septiembre Isaías 3-4; Gálatas 6

28 septiembre Isaías 5-6; Efesios 1

29 septiembre Isaías 7-8; Efesios 2

30 septiembre Isaías 9-10; Efesios 3

01 octubre Isaías 11-13; Efesios 4

02 octubre Isaías 14-16; Efesios 5:1-16

03 octubre Isaías 17-19; Efesios 5:17-33



Foto de Pawel Kornacki, www.freeimages.com

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